SIN TÍTULO – POR EL MTRO. JORGE ISRAEL CLEMENTE MARIÉ

El escrito que leerá a continuación, es un ejercicio que su servidor practicó en 2013 (¡hace casi 8 años!), sin recordar concretamente la finalidad de su construcción. Lo expongo tal y como lo encuentro, sin modificar ni actualizar siquiera una coma, por lo que pido a la amable audiencia, que tenga paciencia y la bondad de soportar las faltas cometidas por el autor en sintaxis o construcción argumental, pero en particular por la inecesaria y bochornosa introducción que ya podrá usted leer.

No quise mover ni alterar nada al escrito original, porque me pareció interesante exponer antiguas perspectivas de un ser humano que cada día aprende más y más en el contexto de su vida; en pocas palabrar, lo comprato así, para darme gusto a mí mismo.

El texto original carece de título, por eso lo he llamado “SIN TÍTULO”, pero valga la pena decir que, como cabecera, tenía escrita la leyenda “Introducción”, por lo que supongo que esta parte que rescaté y comparto, era un preámbulo para un ejercicio de proporciones más robustas, el que, aparentemente, desterré al olvido.

Sin más por la ocasión, los dejo con estas palabras escritas en otros tiempos:

Es para el suscrito nada menos que un honor tener el privilegio de aportar, mediante este espacio de discusión pública, mis inquietudes personales y opiniones; mismas que definitivamente contrastarán con las más nutridas, profesionales e intelectuales, con que tienen la humildad de compartir un espacio en esta primera publicación, que nuestra Honorable Institución Educativa, y mi Alma Máter, Escuela Superior de Leyes, conmemorando su décimo aniversario, ha tenido la certeza de editar.

Tan inesperada como pertinente  ha surgido la oportunidad de colaborar en estas páginas, que no encuentro otra opción más que aprovecharla, aún a pesar de las muchas limitaciones intelectuales que este joven neo-profesionista y aficionado de los fenómenos sociales revelará en su prosa, pues bien dicen que las oportunidades se presentan solo una vez en la vida, y aquél no las aprovecha, no tendrá más suerte que arrepentirse después; máxime que la ocasión ha llegado justo en el momento en que existen tantas cosas por decir y no se han dicho, o bien, se han dicho tantas, que faltan personas que las interpreten correctamente y las encaucen hacia la materialización de una idea coherente y concreta.

No piense usted que mi encomienda es la de sacar a tema los refritos de todos los días, pues ya bien discutidos están y se conocen de sobremanera en mayor o menor medida, dependiendo de la avidez del interesado en los tópicos contemporáneos, principalmente el que ha causado más revuelo, que es el del regreso al gobierno del partido oficial, cuyo tránsito hasta ese sitio generó una serie de explosiones de rebeldía y ansia contestataria de la colectividad de los estudiantes del país, apoyada fuertemente por grupos de presión paralelos, los que de alguna manera, representan el sentimiento popular hacia todas esas décadas de maltrato y apatía de la clase gobernante (que como constatamos los pasados doce años, no solo se limita al partido oficial) hacia el sector más indefenso de los gobernados.

Inicié el párrafo anterior mencionando que mi intención no es la de sacar a relucir los refritos políticos de a diario, y para ser más claro, lo que quiero hacer en este artículo es una especie de desahogo social encausado, una retribución a todos los esfuerzos que han acontecido, y que a modo de olla express, salen como vapor disparado hacia todas partes, y ninguna. Mi verdadero motor es el de ofrecer soluciones a los problemas de todos los días, de cada 3 o 6 años… los problemas de siempre; tal es el caso que utilizaré este espacio para hacer un breve ensayo sobre una idea de la que tengo la intención de convertir en una publicación más sustanciosa en un futuro próximo.

Está de moda creer que la revolución mexicana que se enfrentó directamente contra el ejercicio opresor, déspota, desigual y carroñero del poder público, triunfó, y la presea de su victoria lo es el poder institucionalizado que representa el partido oficial, o cualquier otro partido; el silogismo se expresa entonces de la siguiente forma: como la revolución prosperó y se institucionalizó, ya no necesitamos otra revolución. Pero existe un algo muy importante que comentar, la revolución sí triunfó (o algo parecido), pero su traducción no lo es el PRI, ni el PAN, ni el PRD, y si es así, verdaderamente tenemos una razón para estar realmente preocupados, porque no hay desesperanza más grande que el saber que la lucha armada no sirvió para mucho más que para continuar con la desigualdad social y descontento popular, mediante las instituciones que detentan legalmente el poder envueltos en la bandera de la revolución nacional. Entiéndase que los partidos políticos son los monopolios de la repartición del poder público, y muy pocas veces, algunas personas han tomado papeles de especial importancia en nuestra nación y principalmente han sido ellos (como entes individuales llevados por verdaderos ideales progresistas) los que han otorgado al Estado mexicano sus características más importantes de progreso intelectual, económico, político e industrial a nivel mundial. Figuras tan destacadas como Lázaro Cárdenas, sin quien la economía nacional sería financiada enteramente por créditos; tan importantes y solemnes como el benemérito de las américas, quien instauró la laicidad en nuestro Estado, y gobernó aún sin un peso en las arcas, rescatando en su gobierno errante el archivo nacional (bien pensó que lo quemarían, igual que lo hicieron con los documentos aztecas); tan visionarias, innovadoras e incansables como Don Manuel Crescencio García Rejón y Alcalá, Legislador, Patriota, Ministro y creador de la figura del Amparo en México, pieza de ingeniería jurídica con tal importancia que ha sido copiada íntegramente por sistemas legales de otros países por sus bondades protectoras ante el abuso del poder público.

Entonces, ¿Cuál es el eslabón que se niega rabiosamente a abrazar un concepto de sociedad unificada, que encuentre sus bases en las instituciones públicas que respeten todo lo que por derecho corresponde individual y colectivamente a nosotros a quienes nos sirven? ¿El error se encuentra en nuestra forma de gobierno “democrático”? ¿En las políticas económicas nacionales? ¿En las fuerzas armadas y policiales?… ¿En nuestros gobernantes?

El único factor común que comparten todos los conceptos anteriores, lo es el factor humano. Éste representa la amenaza más grande a nuestra formas de gobierno, a nuestras políticas públicas o económicas, a nuestras fuerzas armadas o policiales y a los cargos públicos que cualquier persona es capaz de desempeñar, aún no siendo ésta una persona, sino un maniquí.

El factor humano es en extremo peligroso cuando no conocemos la procedencia del individuo, su trayectoria, proyectos, motivos, ideales, sus bases, su moral… a este punto, cualquier persona puede desvirtuar con todo el apoyo que sus maquinarias

Institucionales, el desempeño de un cargo público (por pequeño que éste sea), un reglamento, una jurisprudencia, una ley, una sentencia, un decreto, fondos públicos, el petróleo nacional, las empresas estatales, la libertad económica e industrial de un país, incluso hasta la libertad de aquellos a quienes gobierna…

No nos sirve el consuelo sexenal, que augura cosas mejores con la concientización social para las próximas elecciones, con las promesas sordas y vacías que nos hacen aquellos mismos que ya han abusado peligrosamente de la confianza de su pueblo.

Vivimos en un país llamado Estados Unidos Mexicanos (al menos hasta que el Congreso no determine lo contrario); que dicho país, antes de ser lo que hoy es, era una porción de masa continental habitado por pueblos con raíces autóctonas, cultura propia y un grado avanzado de tecnología y ciencia que rivalizaba con las culturas más prósperas de su época; que esos pueblos originarios fueron ocupados y sometidos, ideológica, cultural, tecnológica y religiosamente, por una voluntad forastera. Voluntad que utilizó a los pueblos originarios como mano de obra esclavizada, o equiparable a ello, para el progreso y desarrollo de la nueva conquista. De toda aquella interacción humana surgió una nueva raza, ya ecléctica, de esta autóctona y aquella forastera. Dicha raza, con toda una nueva identidad en descubrimiento, tanto propio como ajeno, es la que ha dictado el rumbo de nuestra nación mexicana, como si fuera su conciencia misma (a decir verdad, con la ayuda de algunas otras conciencias pertenecientes a algunas otras naciones).

Nosotros somos esa raza de personas, producto de un choque cultural tan masivo, que ha dado génesis y representa a la conciencia de nuestro país. Pero para ser sincero y realista, nuestra voluntad no es la única que ha moldeado el ánima de nuestra nación. Si bien nuestra raza representa la voluntad con que nuestro país ha abierto brecha en la jungla Neoliberal-feudalista en la que intelectualmente se encuentra forzada y complacientemente sumergida, también es cierto que toda la fauna de esa jungla, y su flora monetaria, han hecho por someternos consciente (de manera ideológica) o forzadamente (utilizando mecanismos institucionales de presión para lograrlo), a sus designios.

Entonces quizás crea usted ya que mi intención es responsabilizar a los forasteros de nuestra suerte, o culpar a las políticas mundiales de desarrollo económico. Pero no, no es así. Hay algo que tienen en común los pueblos primigenios que habitaron esta nación, los forasteros que después la ocuparon, la voluntad que como pueblo el todo servidor público ejerce su función (ya sea bien o mal), sin que su administración sea evaluada, y que producto de esa misma evaluación resulten las recomendaciones o responsabilidades que les corresponda por el ejercicio de su mandato público.

Ésta última la considero muy importante, pues de existir una maquinaria pública que se encargara de fincar responsabilidades, dictar recomendaciones, y en general, evaluar la gestión de cualquier servidor público con consecuencias reales, cualquiera que éstas impliquen (sanciones penales, inhabilitación para ejercer cualquier otro cargo público, sanciones administrativas y políticas), ayudaría  manera significativa a persuadir a los ciudadanos que ostenten un cargo de elección popular, a ejercer su labor de forma correcta, o al menos a no ejercerla de manera tan impune, tal y como ocurre en estos tiempos en nuestro Estado mexicano.

Nadie puede rebatir el hecho de que la kakocracia generacional, misma que ha hecho de la política y el servicio público un “modus vivendi”,  ha representado el daño más grande a nuestro progreso como nación, ello por muchas causas, como que no ven en el ejercicio de sus funciones un instrumento para el progreso social, sino un arma para escalar en la pirámide social y abrirse un buen espacio en el mundo capitalista de consumo que las políticas neoliberales (que a su vez fueron impuestas por estos mismos kakócratas) han ido filtrado lentamente en el modelo de nación que intentaron heredarnos los constituyentes de 1916… *Final.*

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